Mil años de distancia
Durante doce años no existí para la Tierra.
Fui llevado por seres que no conocían la guerra, desde un cielo silencioso hasta un mundo a mil años luz de distancia. No me encadenaron ni me torturaron; me observaron. Querían entender por qué una especie tan inteligente como la humana había elegido destruirse a sí misma.
Su planeta era distinto a todo lo que conocí: no había ejércitos, ni fronteras, ni banderas. Vivían en equilibrio, compartiendo conocimiento y energía como si fueran una sola conciencia. Allí aprendí que el progreso no se mide por armas ni poder, sino por armonía.
Cuando al fin me permitieron regresar, uno de ellos me habló sin palabras, directamente al alma:
“Tu especie aún tiene tiempo, pero no mucho. Diles que el odio los vuelve pequeños y que la guerra los aleja del universo”.
Volví a la Tierra en el mismo instante en que había desaparecido, con doce años grabados en la mirada. No traigo pruebas ni tecnología, solo un mensaje:
Cambien su forma de ser.
Sean más humanos entre ustedes.
Elijan la paz antes de que otros mundos decidan que no merecemos seguir aquí.
Y ahora, el destino ya no está en manos de los DE AFUERA…
está en las nuestras.
